Blog de la asignatura Crítica Teatral 2

impartida por Juan Antonio Vizcaíno


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domingo, 5 de junio de 2011

Los viajes de Torrente Ballester






Además de profesor, escritor, investigador, político y padre de 11 hijos, Torrente Ballester también fue crítico teatral. Un crítico tan peculiar que comenzó escribiendo en el periódico falangista Arriba y terminó publicando en la revista teatral Primer Acto. Sin embargo este escritor, galardonado con todos los premios nacionales, no realizó el tránsito de un medio a otro a partir de la política, sino a partir de su poética teatral.



De París a Madrid



Los continuos viajes del escritor a lo largo de su vida son un dato revelador para conformar un perfil aproximado del personaje. Durante su infancia viajó a causa del trabajo de su padre, marino, siendo joven se trasladó para continuar sus estudios y ya adulto recorrió España a cargo de diferentes puestos, llegando hasta Nueva York como profesor invitado. Estos viajes, también numerosos en el desempeño de su profesión, escritor, no sólo enriquecen su cultura, también lo aproximan a diferentes puntos de vista y lo sitúan en momentos cruciales.


Uno de esos momentos cruciales tiene lugar en el año 1936. La Guerra Civil sorprendió a Torrente Ballester en París, donde finalizaba sus estudios realizando la tesis doctoral. La excelsa educación que había recibido hasta entonces, leyendo a Mallarmé, a Proust o a Joyce, fue producto de la negativa de su madre a que se alistara en el ejército. El escritor regresó a Madrid y se afilió a la falange, por consejo de un cura amigo suyo. Su incursión en la política, hasta entonces, se reducía a la pertenencia al Partido Galleguista. Tal decisión, por lo tanto, no debe ser descontextualizada de la España del 36, situando al joven Gonzalo en un entorno predeterminado. Sólo un año después conoce a los integrantes del Grupo de Burgos, un conjunto de intelectuales como Pedro Laín Entralgo, Luis Rosales o Luis Felipe Vivanco.


No obstante, y pese a este círculo de amistades y sus colaboraciones en diferentes publicaciones falangistas, el escritor permanecerá en un discreto plano político toda su carrera. Incluso llega a ser cesado de su puesto de profesor en la Escuela de Guerra Naval por firmar un manifiesto de apoyo a los trabajadores de una mina asturiana. El hombre tranquilo, como él mismo se definía, parecía tener otras prioridades e intereses y supo abstraerse de un país convulso y dividido.


De la Literatura al Cine



Desde joven había sido muy curioso con los aparatos electrónicos. Estos aparatos, magnetófonos, cámaras, máquinas de escribir eléctricas, le ayudaron mucho en sus últimos años, cuando padecía una pérdida de visión importante. Pero desde luego nada tan agradecido como disfrutar de los aparatos de rodaje en las filmaciones de El rey pasmado o Los gozos y las sombras. Aunque sería frívolo depositar todo mérito de sus adaptaciones en el disfrute que al escritor le producía estar cerca del rodaje. Resulta significativo que un escritor con su carrera pueda completar su curriculum con las versiones cinematográficas de su obra. Ganador del premio Príncipe de Asturias, del Cervantes, del Premio Nacional de Literatura, apenas le quedó nada por hacer.


De Arriba a Primer Acto



El hombre tranquilo sintió la necesidad de elaborar una poética para argumentar, sin conflictos, sus afirmaciones en sus críticas. Sentó así las bases de su crítica teatral, fundamentándola en la experiencia y el estudio, con su posterior reflexión. Fue realizando este viaje por el teatro apasionado por el sentido trágico, o por lo ritual, conformando una visión del teatro personal y conservadora. Este, el conocimiento, es el motivo principal por el cual su criterio fue respetado por todos los sectores políticos, no sin pequeños enfrentamientos.


Todo es fruto de una evolución, y en el caso de Torrente Ballester, dio lugar a tres fases: la primera de ellas en el periódico Arriba, fase fundamentalista y quizá un poco alejada del panorama teatral, en la segunda comienza a elaborar su poética escribiendo en Arriba y en Primer Acto , asistiendo a gran número de representaciones y la tercera, o fase de consolidación, se reconoce por sus artículos ensayísticos en Primer Acto. Su poética teatral se fundamenta sobre todo en la defensa de la autonomía del universo escénico, dotado de sus propias convenciones y la excesiva preocupación por las fronteras genéricas. Una vez más el hombre tranquilo y racional.


Desde su intención de que el teatro sea un espejo de la sociedad se reencuentra con Sastre, elogiando este intento del autor en una de sus obras. Este reencuentro se hace necesario tras la feroz crítica casi política que le había brindado en un espectáculo anterior. La evolución de Gonzalo Torrente Ballester no sólo se aprecia en argumentar la crítica a Sastre en su rechazo a las forma americanas, sobre todo se observa en el intento de dejar a un lado las tendencias políticas y abogar por la intención de que el teatro sea un arma cultural del pueblo.


lunes, 23 de mayo de 2011

Recuperar la fe



On the conceptof the face, regarding the Son of God.
Concepción y puesta en escena: Romeo Castellucci. Intérpretes: Gianni Plazzi, Sergio Scartella, Darío Boldrini, Silvia Costa, Silvano Voltolina. Madrid, Naves del Matadero, 13 de mayo 2011.

El Festival de Otoño permite asistir a espectáculos de diferente naturaleza y presenciar las puestas en escena de compañías como la Societas Rafaello Sanzio. La compañía de Romeo Castellucci presenta en Madrid su montaje, denominado performance, On the concept of the Face, regarding the Son of God. Su corta duración, 40 minutos, avisa de la peculiaridad del mismo. Una vez más la compañía intenta recrear un tema universal manejando su peculiar lenguaje, por otro lado, nada convencional.

El espectáculo, concebido a partir de su anterior montaje, Infierno, apuesta de una forma más refinada por la idea de tragedia endogonidea: una suerte de regeneración del hombre. Esta vez, Castellucci trabaja alrededor de la voluntad. Para ello muestra la relación de un hijo y su padre enfermo. Padre que sufre una creciente incontinencia. Esta sencilla acción de defecar se va sublimando, por degenaración a acto poético, a lo largo de la función.

Testigo de ello es un retrato de Jesús. La lámina, de unos 5x7 metros, es una reproducción de una pintura de D´Angelo. Permanece como telón de fondo, observando, hasta el final, cuando padre e hijo interactúan con ella. Sin embargo serán un equipo de tres especialistas los que acometerán las acciones artísticas sobre la lámina. Dichas acciones, pintar, cortar, deformar, conforman el final del espectáculo.

A priori, tal decripción del montaje puede provocar rechazo: por el tratamiento de la "mierda" como metáfora, por la mezcla de estilos y de acciones, o por las intervenciones sobre la imagen de Jesús. Sin embargo, la grandeza de la obra reside en la perfecta conjunción de los elementos y la medida justa con la que han sido tratados. La historia del padre y el hijo provoca una rápida identificación en el público, que entiende ese final más performativo como una reflexión sobre la fe. Además, pese a tener el montaje una línea de acción clara, genera diversas interpretaciones, resultando una estimulante experiencia escénica.

On the concept of the Face, regarding the Son of God, demuestra que es posible seguir tratando los temas de siempre a través de nuevos lenguajes. Además ofrece la ilusión de que esos nuevos lenguajes funcionan. El trabajo de Castellucci es por lo tanto, la catarsis contemporánea.

Jerónimo Jimeno

lunes, 16 de mayo de 2011

Hoja de reclamaciones


Camarero, yo no me quiero morir. Ni siquiera un poco. Recuerde que vivo en el barrio y no me queda más remedio que entrar en su establecimiento de vez en cuando. Pero sinceramente, esta noche, no me quiero morir. Quizá mañana, no sé.

No quiero abrir la carta de muertes para determinar cuál es la que más me apetece, porque, sencillamente, no me quiero morir. Ya se lo he dicho. Me encuentro indispuesto esta noche. Repaso el menú porque ha insistido, pero no pediré más que un martini.


No quiero, bajo ningún concepto, morirme de repente. La sorpresa que llega cuando nadie cuenta con ella y cuando todos cuentan contigo. Descarto, caballero, los entrantes: accidentes, fallos del sistema y por supuesto homicidios. No dejan de ser platos insatisfactorios que desvirtúan la naturaleza de la propia muerte. Con la agenda llena, amigo, y permítame llamarle amigo, es evidente que no se ha acabado la vida.


Tampoco quiero una muerte retrasada, larga y aburrida, que duele más que mata. Enfermedades y ejecuciones son platos demasiado contundentes para mi frágil estómago. Me atrevo a decir también que nadie debería cenar tales preparados.


Y desde luego, obvio el postre. Los suicidios están sobrevalorados. Cargan la historia de cobardes que no supieron esperar. Créame cuando le digo que soy muy capaz del ayuno si me sirve otra copa.


Le devuelvo la carta, no quiero morirme esta noche. Si lo hago, sepa usted que no fue por propia voluntad. Si ante mi tumba crecen flores funerarias, sepa usted que no seré yo quien las abone, pues estará mi cadáver exigiendo la hoja de reclamaciones, indignado por una muerte impuntual.


Ahora, retírese.

Jerónimo Jimeno

martes, 26 de abril de 2011

La Virgen del Soslayado Suspiro

La conocí el Domingo de Ramos. Era una monada con palma y vestido a estrenar a ras de pantorrilla. La invité a un vermut y, después de insistir unas siete veces me dijo que sí, porque estaba contenta de que Jesús hubiese entrado en Jerusalén. Nos tomamos dos con mucho sifón y comimos roscas de pascua. Las migas se le colaban entre los botones de la chaqueta que intenté desabrocharle. Me dijo entonces ruborizada que era una señorita contemporánea, pero discreta y que hasta mañana en la procesión.


Fui a la procesión el lunes, el martes y el miércoles. Delicadas vírgenes talladas en madera, chocolate con churros y capirotes erguidos. Y las castas relaciones con la señorita contemporánea sólo me llevaban a la autoflagelación. Así que el miércoles por la noche, al despedirnos, me traicionó el pequeño Judas y le robé un beso con lengua. Con el beso se le remangó la falda, se le aflojó la virtud y me invitó a cenar, pero el jueves. La cena sería el jueves. Qué gran día, el jueves, para cenar.


Al día siguiente estaba el primero en la salida del paso. Asistí a la procesión con fe en la noche que me esperaba. En el paseo hacia su casa le quité una mota de polvo del canesú, en el portal le pellizqué una pierna y en el ascensor suspiró de medio lado por primera vez. Enmarcada y doliente en su cajita barroca. Nos dimos un banquete y después, con la mañanita puesta, cenamos.


El viernes rezamos todo el día debajo de las mantas, incluso mientras se cocían los garbanzos. Estaba empezando a adorar a aquella virgen del soslayado suspiro con la que yo vivía mi particular pasión. Era limpia, devota y ágil. Abrigos de entretiempo en ristre nos fuimos a la procesión cogidos de la mano para ver al Señor arrastrando su cruz, pero en un santiamén estábamos de vuelta a su casa para ponernos de rodillas. Justo antes de entrar me dijo te quiero.


Corrí hasta mi casa, donde amanecí el sábado con las sábanas pegadas. Al escuchar las lágrimas de la virgen al otro lado del teléfono, decidí permanecer encerrado todo el día debatiéndome entre lo uno y lo otro, esto y aquello, abandonado a mi suerte.


Y el domingo resucité de entre los muertos para ascender a los cielos. La planté en la puerta de la iglesia, justo antes de que su boquita rosa pudiese blasfemar contra mí. Supongo que no lloró, que se tomó un vermut con algún apuesto caballero, porque los católicos estaban de enhorabuena. Yo me tomé cinco y canté una saeta. Me echaron del bar y me senté a la derecha del Padre.


Jerónimo Jimeno

sábado, 26 de marzo de 2011

Bando Real


Había una vez un mundo maravilloso gobernado por el rey Teatro. Era un rey maravilloso, como su mundo, con cantidad de súbditos y consejeros. Trabajaban para él la maga Música, el gobernador Pintura, el recién llegado Arquitectura, la dama de la Danza, el viejo y sabio Literatura y un montón de ayudantes más. En realidad el rey Teatro era un rey muy generoso que permitía que cualquiera que quisiese, participase del gobierno de su país. Y nunca, nunca, nunca despreciaba las aportaciones que cualquiera de sus ya amigos pudieran hacerle para conseguir que el mundo que reinaba fuese más y más maravilloso.



El único problema que existía en ese país es que los habitantes no pensaban del gobierno lo mismo que su monarca y se mantenían alejados de la actividad del rey Teatro. Eso hacía pensar en palacio que el reinado estaba llegando a su fin. Lo único que podía mantener a Teatro en su trono era la cantidad de aplausos. Y cada vez había menos aplausos. La población mantenía silencios, a veces silbaba y lo peor de todo, empezaba a emigrar a países mucho menos maravillosos como Parque de Atracciones o Centro Comercial.



Entonces el rey Teatro empezó a buscar soluciones. Porque durante mucho tiempo su mundo sí fue maravilloso de verdad. Recordaba con añoranza la época en la que los habitantes del país aplaudían a rabiar incondicionalmente, desde el fondo de su corazón. Con ese recuerdo en mente, el monarca reunió a sus consejeros para hacerlos partícipes de sus inquietudes. Incluso convocaron a antiguos enemigos como Cine, porque sus aportaciones eran inestimables. El rey creía fielmente que juntos lograrían que todo volviese a ser como antes. Y se pusieron manos a la obra.



Durante muchos, muchos años el monarca ha estado librando la batalla contra el silencio, haciendo de esa lucha el relato de su Historia. Ese mundo maravilloso gobernado por el rey Teatro sigue intentando que se oigan en su país aplausos surgidos desde el fondo del corazón. Y cada vez que resuena alguno, o que se oye el eco en las montañas, el rey coge más fuerzas para seguir gobernando. Eso hace saber a los habitantes que no cesará nunca en su empresa, manteniendo a los súbditos con las palmas preparadas. Así que colorín colorado, el telón aún no ha bajado.

lunes, 21 de marzo de 2011

Programación

Sala Valle Inclán:
  • Mayo: 12/14 La vida tiene muchos días (TFC); 25/31 El mundo del revés (TFC)
  • Junio: 1/6 El mundo del revés (TFC); 7/17 Brut (TFC); 20/30 In memorian (TFC); 16/24 El experimento del doctor Ox (4ºB).

Sala García Lorca:

  • Abril: 1/14 Charo Amador (4ºA1); 26/29 3º Dirección (1 muestra)
  • Mayo: 3/31 3º Dirección (7 muestras, una cada 3 días)
  • Junio: 2/14 Lolo (TFC); 15/28 Parches (TFC); 16/29 Nuria Alkorta (4ºA2)

domingo, 13 de marzo de 2011

Cuando las cosas no se pueden hacer mal

Woyzeck de George Büchner. Versión de Juan Mayorga.
Dirección: Gerardo Vera. Reparto: Jon Bermúdez, Críspulo Cabezas, Helena Castañeda, Javier Gutiérrez, Trinidad Iglesias, Andoni Larrabeiti, Mariano Marín, Markos Marín, Chani Martín, Jesús Noguero, Helio Pedregal, Lucía Quintana, Sergio Sánchez Shaw, Marina Seresesky, Sara Sierra, Ana María Ventura, Marita Zafra. Escenografía: Max Glaenzel y Estel Cristiá. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Vestuario: Alejandro Andújar.Teatro María Guerrero, Madrid, estreno 11 de marzo de 2011.

Se reponen textos clásicos una y otra vez porque es una apuesta segura. Así los espectadores acuden a los teatros confiados, tranquilos, sabiendo que no se van a llevar una sorpresa desagradable. Conocen la historia y probablemente hayan visto alguna otra puesta en escena del mismo texto. Es evidente que los directores también disfrutan de esas obras de las que está todo dicho. Tienen entonces dos opciones: la primera es acercarnos a su visión particular del texto y la segunda opción es la que elige Gerardo Vera con Woyzeck, hacer lo de siempre, lo que no cause sorpresa o asombro, la apuesta segura.

Es imposible hacerlo del todo mal cuando se tiene entre manos un texto como el de Büchner, clave del teatro del Romanticismo alemán que abrirá los nuevos caminos dramatúrgicos del s. XX. Woyzeck es un pobre hombre que muchos consideran un loco, pero que en realidad sólo acusa una afección, la soledad. Juan Mayorga, encargado de la versión, reordena las escenas intentando apaciguar el caos y el extrañamiento que el texto original propone. Esta decisión hace que la dirección incida hacia el final en el sentimentalismo. Conceptualmente es la única pega que se le pueda poner a una versión tan comedida del texto alemán.

El espacio escénico refleja la propia estructura de la obra. Un recorrido circular que genera diferentes lugares por los que Woyzeck va pasando una y otra vez y un bosque amenazante en el que se pierde y se refugia. Sin embargo Gerardo Vera no se conforma con el carácter simbólico de estos elementos y dota de mecanismos a los estilizados árboles que componen ese bosque para que suban y bajen a favor de la atmósfera. Algo que se podría haber solucionado con la iluminación. Por lo tanto un exceso innecesario que no hace más que recordarnos los elevados presupuestos de los montajes del CDN.

Cuando los 17 actores del montaje están presentes, se nos ofrecen las mejores imágenes del espectáculo por la belleza de la composición de los grupos y el movimiento escénico. Un acierto de la representación si no tenemos en cuenta que más de la mitad del reparto son figurantes. Respecto al trabajo actoral, cabe destacar a Helena Castañeda, por su interpretación del tonto Karl y a Javier Gutiérrez, interpretanto a Woyzeck, que construye un personaje fuera de tópicos, más humano, que se ayuda de ese gran número de figurantes adornando su trabajo protagónico.

Qué difícil es hacerlo mal cuando todo está a favor del espectáculo. Un texto brillante modestamente versionado, un reparto que ofrece trabajo en plena crisis a un gran número de actores, que el casting sea acertado, una escenografía que sería capaz de contar la historia por sí misma, música en directo y un vestuario correcto y funcional. Aunque más difícil resulta acertar de lleno y ofrecer una visión contemporánea del texto de Büchner, rentabilizar los recursos y volver a sorprender. Quizá por eso, y muy a nuestro pesar, no dejan de ofrecernos apuestas seguras.


Jerónimo Jimeno.

lunes, 28 de febrero de 2011

Afición hija de puta

El año de Ricardo. De Angélica Liddell.
Reparto: Angélica Liddell y Gumersindo Puche. Diseño de iluminación: Carlos Marqueríe. Dirección, espacio escénico y vestuario: Angélica Liddell.

Si uno se fija bien es posible imaginarse con visión contemporánea aquellas peñas teatrales del s. XIX en España. A los llamados "Polacos" y "Chorizos", que vitoreaban, en los corrales de la Cruz y el Príncipe a sus autores favoritos. Defendían su idea de teatro sin contemplar las posibilidades del otro. En la actualidad permanecen residuos de aquella forma de enfrentamiento cuando nos encontramos con el drama frente al postdrama.

Las polémicas en torno al teatro de Angélica Liddell se diluyen poco a poco en la entrada de la sala Ambigú, de Valladolid, de la misma manera que se van diluyendo en la entrada de muchos otros teatros. Recordando a esas peñas decimonónicas, el dedo levantado de la dramaturga se convierte en un pequeño conflicto de bar. Los hijos de puta, nosotros, reiremos en el teatro a viva voz o echaremos en falta la corrección de la estructura dramática, entre otras cosas.

En El año de Ricardo, Angélica Liddell compone un personaje enfermo, cruel, provocador y verborreico. Un Ricardo que nos enseña el culo y nos insulta sin pedir perdón por el genocidio, el maltrato o la guerra. Omnipotente. Como la propia Angélica, que sella este proyecto abarcando todos los ámbitos escénicos. La iluminación se la cede a Marqueríe, para que una vez más transforme un elemento técnico en poesía visual. El hombro de Ricardo es Catesby, interpretado por Gumersindo Puche, que desempeña una función casi escenográfica. Naranjas, cerveza, manta térmica, cama y jabalí. Numerosos objetos desperdigados conscientemente por el espacio que ayudan a generar el ingrediente más destacable del espectáculo: la poesía.

La energía con la que la dramaturga se enfrenta al espectáculo no deja infiderente a ningún "Polaco" ni a ningún "Chorizo". De vez en cuando ambas aficiones se encuentran, fruto de algún acierto diplomático de la representación. El público se convierte entonces en una afición hija de puta que se emociona con lo que ve encima del escenario. Que no se olvide ningún hijo de puta, al llegar al bar, de esos momentos.

Jerónimo Jimeno

jueves, 17 de febrero de 2011

¿Quién quiere escribir?


El arte de desaparecer, de Antonio Lafuente.
Dirección: Antonio Lafuente. Intérpretes: Jorge Peña, Belén Orihuela, Raúl Tirado, Fernando de Retes. Ayudante de dirección, vestuario y escenografía: Marta Cofrade. Iluminación : César Barló.

El arte de desaparecer, cuento extraído del libro Suicidios ejemplares del escritor barcelonés Vila Matas, es el texto adaptado que Antonio Lafuente presenta en el ciclo de Muestra de Piezas Breves del Departamento de Escritura y Ciencias teatrales de la RESAD. El dramaturgo apuesta así por la difícil labor de adaptación a la escena de textos narrativos, superando en este trabajo algunas de las complicaciones que esta labor conlleva. El texto, que resulta sólido e interesante, se convierte en un reto de dirección escénica.

El cuento, y por lo tanto el texto de Antonio Lafuente, trata sobre las dificultades que tiene un escritor no sólo para escribir, también para superar los conflictos internos y externos que la publicación de su obra conlleva. Así, el personaje protagonista, retrata las inquietudes que en un primer momento interesaron a Antonio Lafuente, y que le llevaron a elegir este cuento. Inquietudes que por otro lado no pasan desapercibidas para cualquier persona que se dedique o se intente dedicar a escribir. No obstante siempre queda en el aire la pregunta de si es un tema que interesa al público en general. Superar lo discursivo de la narración y despertar interés son las mayores dificultades que el dramaturgo tenía que superar.

La puesta en escena presenta dos planos . En primer término tenemos al protagonista, Anatol, en su estudio, sufriendo los percances que ocasionan sus fantasmas interiores y las visitas de los que quieren obtener su obra y por lo tanto, según cree él, los secretos más profundos de su alma. En segundo término, y separados ambos por efectos lumínicos y por una cortina de gomas, los fantasmas, los recuerdos y los miedos. Pero estos dos planos no llegan a funcionar, porque no clarifican todo lo necesario la complejidad del mundo interior de Anatol. Una mezcla entre lo pensado y lo vivido que se intenta intensificar con la inserción de acciones físicas no naturalistas realmente interesantes y con efectos de sonido recurrentes que funcionan como símbolo de intranquilidad emocional del protagonista, que finalmente, y tal y como se había apuntado desde el principio de la obra, se suicida.

Los actores que se encargan de llevarnos a este mundo, interpretan en códigos diferentes con desigual resultado, característica que tiende a confundir sobre la comprensión del texto. Es probable que la falta de experiencia del dramaturgo en labores de dirección tenga que ver con esta circunstancia y con el insuficiente manejo de esos dos planos propuestos. La escenografía es un desván y el vestuario parece sacado de cualquier baúl que haya en él. Igual que la obra de Anatol, que permanece bajo llave hasta el final de la función.

El arte de desaparecer abre dos debates igual de relevantes. Las dificultades que tiene un dramaturgo para llevar a escena su propio texto y los problemas de un artista descubriendo su obra. Ambas se resumen en el verbo "mostrar". Mostrar es parte de un proceso necesario que cualquier creador tiene que atravesar y que se parece bastante, para el interés de cualquier persona que no escriba, a una declaración de amor. Así se nos declara Antonio Lafuente, diciéndonos que ante todo, debe escribir.
Jerónimo Jimeno

lunes, 7 de febrero de 2011

El difícil arte del Origami


La fiesta del indio,de Cecilia Güelfi. Dirección: Aristeo Mora de Anda. Reparto: Alberto Frías, Bea Fernández, Miguel Sepúlveda y Lara Ortiz. Escenografía: MORANDA arquitectos. Madrid, Sala B de la RESAD, 4 de febrero de 2011.

Más de 20 monólogos breves, representados por numerosos personajes como una puta, un estudiante o una acróbata retirada, cuentan la triste historia de Mariana desde diferentes puntos de referencia, completando, entre ellos, los detalles del relato. A simple vista, se trata de mirar la figura de papel desde todos sus pliegues. Cecilia Güelfi utiliza un lenguaje coloquial muy cuidado provocando un estilo directo, contundente y ágil. Es este estilo inserto en la dramaturgia el que determina la atmósfera del montaje.


Porque Aristeo Mora, acertadamente, aprovecha el realismo de estas confesiones para deshacerlo como quien deshace una figurita de papel recién doblada, insertando acciones no ilustrativas, efecto distanciador, dotando de expresividad los movimientos de los actores. La escenografía, dentro de un espacio vacío en el que la única novedad es que el cuerpo técnico ocupa el fondo del escenario, recuerda de nuevo a la papiroflexia. La obra consiste en una pieza gigante de cartón, que el equipo manipula y desplaza en cada monólogo. De este modo, parece ambientarse cada microrrelato. No sólo se consigue este objetivo, también se ralentiza el ritmo del espectáculo.


El vestuario es sencillo, unos monos color celulosa sin blanquear, sobriedad que se agradece para estar dentro y fuera de la casita de cartón. Grabaciones en directo, música, proyecciones sencillas y luces quedan perfectamente insertadas, pero quizá resultan excesivas si recordamos que la pajarita sale con una sola hoja de papel. La presencia constante del director y sus intervenciones podrían haberse recortado, pero al mismo tiempo se presenta como una marca de Aristeo Mora coherente con el espectáculo.


El montaje le ofrece a los cuatro actores la posibilidad de mostrar una gran cantidad de registros que ejecutan a la perfección. El trabajo con el cuerpo resulta a su vez limpio y efectivo. Se observa la sintonía necesaria para mantener viva la obra, para retomar, una y otra vez, la atención del público. Conmueven, sin duda. Y hacen de La fiesta del indio un lugar donde apetece estar.


A simple vista todos los pliegues de la figura están hechos correctamente, texto, dirección, interpretación, sin embargo la patita de la figura no sostiene bien el peso. Alguna distancia mal medida, alguna doblez invisible puesta al revés, el tamaño de la hoja. Agradeciendo de antemano la frescura del proyecto quizá se trate de las repetidas transiciones escenografía en mano, quizá los ritmos, quizá la falta de visibilidad en determinados momentos. Lo cierto es que la figurita de papel tiembla de un pie, por lo que hay que seguir practicando el difícil arte del Origami.
Jerónimo Jimeno

lunes, 31 de enero de 2011

Exámenes de febrero


Es difícil imaginar un centro de exámenes con forma de sala de teatro, pero lo cierto es que para los alumnos de 4º de Dirección y Dramaturgia, las salas Valle Inclán y García Lorca de la RESAD, se convertirán a lo largo de este mes de febrero en su sala de examen. De la misma manera que un aspirante a conductor, los estudiantes que aspiran a salir al mercado laboral finalizando sus estudios, se juegan unos créditos más después de tres meses de prácticas, es decir, de ensayos.

La especialidad de Dirección abrió este ciclo de muestras con los trabajos de Romina Medina (Memorias de la cárcel) y Charo Santamaría (Roberto Zucco). Seguirán Aristeo Mora, con La fiesta del indio y Marian Monacu con Maese Manole. Aunque no es la primera vez que los directores muestran su trabajo ante el público, la posibilidad de mantener la función durante cinco días consecutivos ofrece una oportunidad única que apenas se da en el entorno académico. Un acercamiento al desarrollo de la profesión, con la presión, la crítica , la recurrente falta de ensayos y la ilusión, emoción inevitable en el desarrollo de una pasión. Todo ello calificable, eso sí.

A mediados de febrero comenzarán las representaciones de la especialidad de Dramaturgia. Los estudiantes mostrarán la puesta en escena de textos propios. El ciclo comenzará con las representaciones Nosotros los vivos de Saladina Jota y Un juego de adultos de Iñaki Oliver. Al día siguiente podremos ver La distancia más corta entre dos puntos es la muerte de Félix Estaire y El arte de desaparecer de Antonio Lafuente. Seguirán las muestras Susurros de la tierra de Alejandra Venturini, La casa púrpura de Diana Cristóbal, Aufhebung (suprimir para conservar) de Carlos Contreras y No haberte muerto, escrito y dirigido por Ricardo Salamanca. Terminará el examen con Neverending Charo de Sandra Dominique y Doce más uno de Javier Pastor.

El afán del dramaturgo por hallar su propio lenguaje encuentra en la puesta en escena el resultado de su trabajo. Es una lástima que los alumnos de esta promoción sólo cuenten con un día de representación. El resultado en un examen único, en el que apenas podrán invitar a sus abuelos.

Se nos ofrece una ocasión única, y nunca mejor dicho teniendo en cuenta el número de representaciones, de sentarnos en el asiento trasero del coche de los alumnos que muestran sus trabajos fin de carrera, mientras hacen sus exámenes. Es inevitable pensar que se tratará de un cúmulo de buenas intenciones y resultados de investigaciones que a lo mejor aún están por empezar. Esfuerzo, años de estudio y muchas horas de dedicación. No desaprovechemos la ocasión de conocer lo que esperemos sea un futuro teatro, que eso sí que no depende de un examen.
Jerónimo Jimeno

lunes, 24 de enero de 2011

Concierto de butaca

Gólgota Picnic escrito, dirigido y con escenografía de Rodrigo García

Reparto: Gonzalo Cunill, Núria Lloansi, Juan Loriente, Juan Navarro, Jean-Benoit Ugeux; Pianista: Marino Formenti; Iluminación: Carlos Marqueríe. Madrid, Teatro María Guerrero. Estreno 7 de enero de 2011.

Lo importante es que me comí una hamburguesa al salir. La provocación alcanza este nivel en mí. Yo, que soy amante fiel de la tapa con caña. Pero me dieron unas ganas tremendas de tener un recuerdo sinestésico del espectáculo ofrecido por Rodrigo García. Por completar.

Gólgota Picnic trata de Jesús en la cruz. Nada más y nada menos. El autor y director del montaje se aprovecha del pobre Jesús para explorar de nuevo sus universos habituales, lo amoral, lo inmoral, la decadente sociedad que nos engulle, las mentiras que nos creemos y todas esas cosas que se supone que nos atañen como ser humano. A través del trabajo inmejorable de cinco actores, un pianista y un iluminador compone un lenguaje propio, un ejercicio de estilo. Retrata a Jesús a su manera, ya no tan irreverente, y aprovecha para intentar removernos la conciencia de la misma manera que un cura, cuando utiliza las palabras del señor.

Después de vomitar la opinión, acto irrefrenable tras el consumo de alimentos en restaurantes de comida rápida, agnóstico redomado (servidor), frente a blasfemia descafeinada (espectáculo), pasa a detallar las razones por las cuales no se arrepiente de haber estado hora y media en el teatro María Guerrero. Y dice hora y media a conciencia, ya que la obra dura dos horas y media. Agnóstico comedor de hamburguesa cree que el mayor fallo de Gólgota Picnic es que dura demasiado. Todo se alarga en extremo, como si a Don Rodrigo no le funcionase el reloj y perdiendo así su fuerza potencial.

Pero queda la otra hora y media, por la que merece la pena estar: por las imágenes memorables que se cuelan de vez en cuando, por las réplicas exactas que conviene apuntar en una libreta, por el impecable trabajo de los actores, por descubrir que la luz en buenas manos compone un lenguaje dramático, por el concierto de piano que asoma como un huérfano al final de la función.

Y sobre todo, por el comportamiento social, que acompaña con un golpe de butaca el 4º movimiento, en lugar de abandonar la sala cuando se presenta una hamburguesa de lombrices que nadie se come, o se viste de puta a Jesús crucificado. ¿Forma parte de la propuesta que este inesperado instrumento de percusión acompañe al piano?, ¿qué sucederá entonces cuando la obra se represente en una sala con butacas fijas?, ¿se entregará un pandero por espectador?, ¿esta reflexión es fruto de un rato de aburrimiento?

Comulgué, sí, pero el sacramento me dejó tan indiferente como la propia beiconchisburguer. Quizás estoy perdiendo la fe en la sorpresa y la edad para la comida rápida.

Jerónimo Jimeno

martes, 21 de diciembre de 2010

"La aurora de Nueva York gime"

Existe un país en el mundo que se llama España. En España existe una ciudad que se llama Granada. En Granada existe un barrio que se llama el Albaicín. Pues justo en ese barrio, en el Albaicín, aprendió Enrique Morente lo que pudo del flamenco. Bien poco tiempo tuvo, porque a los 15 años se marchó a Madrid a buscar maestros en los tugurios más oscuros y en los tablados más notables. Porque los maestros están en cualquier parte y en ningún sitio. Él decía eso, que los maestros no existen, que en el flamenco todos son discípulos.

Enrique Morente se ha muerto a los 68 años después de darle la vuelta al mundo, después de saltar del Albaicín a la Séptima Avenida, de Granada a Nueva York. Y todo porque nunca cantaba igual. Se empeñó en aprender, fusionar e investigar, una vez más, todo lo que pudo. Cantó a Lorca a Cohen, se dejó tocar la batería y el bajo. Cantó con su hija, con sus amigos, solo.

La grandeza del inconformismo hizo de él un no gitano ecléctico capaz de llevar su repertorio hasta el Carnegie Hall. Para ser criticado por los puristas, que consideraron y considerarán que su camino no provocaba más que la destrucción de las raíces, y para ser aplaudido por neófitos y compañeros, que consideraron y considerarán que gracias a él, el flamenco tiene pulso.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Noche improvisada

Tablero 37. Quilosá Teatro

Espectáculo de improvisación.
Intérpretes: Alba Soto, José Casasus, Miguel Ángel Rodríguez, Juan Gutiérrez, Yago García, entre otros.
Lugar: Los Jacintos

La respuesta a la temida pregunta, "¿qué hacemos esta noche, que hace frío?", es bien sencilla. Además de encender la chimenea, intentar reproducirse o salir a correr, puede uno sumergirse en lugares como Los Jacintos, recinto de dudosa legalidad, pero de encantador y cultural ambiente.


Por el módico precio de 3 euros, y junto a una cerveza comprada en el chino, se puede disfrutar de espectáculos como Tablero 37, de Quilosá Teatro. Los dados marcan la casilla, el número de casilla la prueba a realizar y el presentador elige los participantes de entre un grupo de actores. Es importante señalar la participación del público, compuesto por amigos de la compañía, gente extraña y fans incondicionales, que resulta tan divertida como la imaginación de los propios intérpretes. No se asuste, también es posible permanecer inactivo en un rincón.


Es posible reírse, olvidarse de que el juego del tablero dura dos horas y obviar la incomodidad del asiento. Todo gracias a la agilidad mental, la comicidad y la pericia de los actores que integran la compañía. Otra compañía de amigos con formación multidisciplinar que demuestra, no sin la aportación del local, que sigue siendo posible hacer y ver teatro sin parafernalias y sí, por desgracia para ellos, sin cobrar. Sin duda, se merecen un bolo.

domingo, 28 de noviembre de 2010

376

Soy Chiao Shiang, muerto número 376 de la avalancha humana acontecida esta semana en Camboya. Aprendí español por correo, por eso puedo atreverme ahora a homenajear nuestra memoria. La mía y la de 375 personas más. Todavía estoy un poco afectado por el suceso, así que haré lo posible por cumplir con mi obligación de víctima.


Camboya, para situar al lector, está bien cerca de Indonesia. Queda como por detrás del mundo, mirando desde España. Pues allí estábamos nosotros, más de 12.000 personas camboyanas según la organización, celebrando la Fiesta del Agua. Antes del alarde de estupidez humana, nos hallábamos disfrutando de conciertos, bebidas refrescantes y exaltación general. Pero entonces alguién se asustó al ver cómo se desmayaba una docena de personas, y decidieron empezar a correr. Los primeros muertos tenían la tensión baja. Yo morí justo después de tropezar con el 375. Caí al suelo y se acabó.

Nos consta que buscan responsables. Nosotros sólo queremos que busquen nuestros objetos personales. Perdí las sandalias nada más empezar a correr y llevo descalzo una semana. Hubiera sido mejor pertenecer a otro tipo de aglomeración, como el recibimiento a la selección española, cualquier manisfestación con intenciones políticas o las filas ante las administraciones de lotería. Llevaría zapatillas con cordones, que son mucho mejor para correr.

Pero estaba en Camboya, y en Camboya hace mucho calor, créanme. Así es que, de parte de los 376, busquen nuestras sandalias, por favor.


lunes, 15 de noviembre de 2010

El hijo pródigo

La última cena de Ignacio Amestoy
Intérpretes: José Maya y Bruno Lastra. Dirección: Juan Pastor. Producción: Guindalera.


Ignacio Amestoy ve representada por primera vez la obra La última cena. La sala Guindalera estrena así el primero de los textos de dramaturgos españoles que promete en un nuevo ciclo de programación después del dedicado a Brian Friel. La última cena se presenta como un ejercicio de escritura básico, con un tema complejo. Amestoy, desde su Euskadi, trata el conflicto vasco de una forma doméstica. El calor del hogar pasa a un primer plano, mientras que las diferencias políticas entre un padre y un hijo no son más que la excusa para una hora de función en la que se retoma una relación que combatirá el dolor de ambos.


Juan Pastor pone en escena el conflicto. Antagonista contra protagonista, con sus historias completas, con sus circunstancias dadas, con la necesidad de urgencia. Un código perfecto para que este director realice otra demostración de la verdad escénica. Ejecuta, una vez más, de un modo sobrio, elegante y contenido. Los alardes técnicos quizá no tengan cabida en esta propuesta, quizá haya querido prescindir de ellos para no restar importancia a la palabra. O quizá por principios.


José Maya y Bruno Lastra, padre e hijo respectivamente, están a la altura. Mientras que sí sería oportuno aplicar la palabra sobrio al trabajo de Jose Maya, no sucede lo mismo con el acento guipuzcuano de Bruno Lastra. Esta elección supone un riesgo bien resuelto para el montaje y por el actor, resaltando las diferencias entre los dos personajes, pero no deja de mostrarse como una elección que quizá también se hubiese podido solucionar de otra forma. Es importante destacar que esta característica no resta brillantez a su actuación en esta obra. La pareja funciona.


No se debe acudir a ver esta función esperando encontrar un profundo debate sobre ETA, pero el espectador sí encontrará la herida que el asunto provoca en la sociedad. Los posicionamientos se agotan cuando dejamos de tener en cuenta que es el hijo pródigo el que vuelve para encontrar el abrazo de su padre. Llega un momento en el que deja de importar lo que el hijo pródigo ha estado haciendo en su viaje. Porque finalmente ha regresado.

domingo, 17 de octubre de 2010

Revolution

El canal autodenominado joven e irreverente, Cuatro, nos ofrece cada tarde la posibilidad de ingresar en una escuela de baile. No importa que carezcamos de la forma física adecuada, que no hayamos pasado nunca del merengue discotequero o que ya no nos sirvan los chándales fosforitos del instituto. De verdad, no importa. Sólo tenemos que pulsar la tecla adecuada del mando a distancia y aprender desde el sofá cualquiera de las coreografías que nos ofrece este reality conducido por Paula Vázquez.

Pero no se confunda, Fama Revolution no es un reality al uso.

Quizá porque no lo emite Tele 5.

Se trata de un formato descafeinado de lo que podría ser. No emiten agresiones físicas, nadie se prostituye por comida y no se escuchan insultos inventados en el mismísimo infierno. El horario infantil no permite más que pequeños hurtos, acercamientos sexuales de medio rombo y sí, la convivencia de estos jóvenes provoca alguna palabra malsonante, pero para nuestra tranquilidad, vienen en el diccionario.

Baile, superación personal e ilusión son los valores que los profesores de esta escuela televisiva inculcan a los alumnos. Todos ellos, los profesores quiero decir, son bailarines profesionales con demostrada experiencia (recordemos a Marbelys Zamora como corista de Crónicas Marcianas). Estimulan, presionan y juzgan constantemente a los aprendices. Trabaja con ilusión, que al final decide el público con sus llamadas y mensajes al 2204. Una dosis de realidad que los muchachos reciben en una sola toma cada viernes. Lloran mucho cuando abandonan la escuela sin apreciar que pasarán el fin de semana en casa. Y teniendo en cuenta que llevan varias semanas encerrados, necesitan urgentemente salir con sus amigos el sábado, descansar el domingo y correr a las agencias el lunes para el martes, a más tardar, mostrar sus habilidades encima de uno de los escenarios de la Gran Vía, mientras sueñan con aparecer cubiertos de vinilo en un videoclip de Lady Gaga.

Cuatro, canal ahorrador donde los haya, explota un formato en su 5ª temporada y apuesta por él hasta junio. Un curso escolar completito. Nueve meses de formación para la minoría de sus alumnos y como no, para cualquiera de los espectadores que desde su salón se anime.

Claro que es una lástima que a esa hora el público potencial del programa se encuentre recibiendo clases de inglés o comiendo pipas en el parque.

lunes, 24 de mayo de 2010

Mañana se estrena mi primera quintilla


Mañana se estrena mi primera quintilla. Será en la sala s.13 de la RESAD a las seis de la tarde. También es la primera quintilla de Fernando Gandasegui. Hemos versionado juntos la obra de Mira de Amescua El esclavo del demonio. La asignatura que nos obliga a cometer semejante atrevimiento es el Taller de Teatro Clásico.

Podría hablar del trabajo junto a Montse Ortiz, la directora. Podría decir que tener las ideas claras, como ella, no quiere decir que no se establezca diálogo. Que sugerencias de dirección como dotar de profundidad psicológica a los personajes o equilibrar el reparto de texto son estimulantes puntos de partida.

Podría hablar de lo interesante que resulta crear un conflicto dramático y un nuevo contexto a partir del concepto de doble moral. O de que los personajes de finales de los años 30 también pueden hablar con versos octosílabos. El encorsetamiento de la rima es un buen represor para la postguerra española.

Pero lo más relevante, sin duda, es la quintilla.

No es que hayamos escrito sólo una para contar todas estas cosas. Hemos escrito varias. Unas detrás de otras. También acotaciones. Fernando se atrevió, incluso, con un soneto.

Y todo bajo la única supervisión del espíritu del barroco. Por eso, mi agradecimiento especial a la wikipedia y a su definición matemática de las estrofas. Sin ella nunca podría haber dicho que mañana se estrena mi primera quintilla.

Jerónimo Jimeno.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Isabel II se va a los toros

La 7ª promoción de alumnos de la Escuela de Arte Dramático del Ayuntamiento de Madrid estrena su trabajo de fin de estudios Farsa y licencia de la reina castiza, de Valle Inclán. el estreno tendrá lugar en el teatro del centro, el 19 de junio.

"La caricatura de Isabel II es un simpático punto de partida", afirma Guillermo Alonso del Real, director del montaje. "Se trata de un texto muy agradecido", continúa, "y empecé proponiendo un ruedo, que ha determinado la línea estética de la obra". El director señala, deteniéndose en el trabajo de los alumnos, la dificultad técnica añadida que supone la disposición circular del espacio. Farsa, y verso modernista dentro de una plaza de toros para hacer una crítica, carlista o no, a la monarquía.

El 10 de junio tendrá lugar un preestreno en la Escuela Municipal de Arte Dramático del Ayuntamiento de Pamplona, motivo de un intercambio académico con los alumnos de este centro. Los alumnos podrán compartir sus trabajos e inquietudes y actuar en un espacio ajeno. Sobre esta práctica Guillermo Alonso del Real bromea diciendo :"El oficio del actor, furgoneta y platos regionales".

Jerónimo Jimeno.