Blog de la asignatura Crítica Teatral 2

impartida por Juan Antonio Vizcaíno


viernes, 18 de febrero de 2011

MELODRAMA Y PAÑUELO (Revisión)

Susurros de la tierra, de Alejandra Venturini
Dirección: Alejandra Venturini; Escenografía: Joan Quintas; Iluminación: David Mínguez; Diseño de sonido: Béltran Jiménez; Diseño de vestuario: Amalia Facello di Benedetto; Asistente de dirección: Gala Juárez Báez; Interpretes: Lucia Díaz, Jonathan González, Nidia Bustos, Raquel Seoane, Alberto Garrido.
Viernes 18 de febrero, Sala García Lorca de la RESAD a las 12:00h.


A lo largo de la historia del teatro las guerras han sido marco habitual donde situar infinidad de dramas. En esta ocasión, Alejandra Venturini, alumna de 4º de Dramaturgia en la RESAD, lo hace partiendo de una tragedia local, en tono poético.

Susurros de la tierra cuenta una tragedia familiar, insertada en tiempos de guerra, desde un lenguaje y estilo netamente lorquianos, y el uso de elementos telúricos como: la tierra, la luna, la niebla, la noche, la oscuridad o el personaje del brujo.

Por el tono que el texto adopta en la puesta en escena, más que una tragedia, parece convertirse en un melodrama; y de los densos. De hecho, no hay momento en que la música no acompañe constantemente a la escena.

Si de de algo se habla en esta pieza, es sobre la pena, la rabia y la impotencia; sin otra particularidad que difiera de la de cualquier familia que atraviesa por los tiempos difíciles que supone una guerra. María, la protagonista, lucha por hallar la verdad, por encontrar a su marido y hermano desaparecidos a manos del otro bando, y finalmente, enterrarles dignamente. Y lo hace, aunque por ello será arrestada y ejecutada. Por lo demás, los personajes se limitan a familiares perdidos y el resto que lo padece.

En ésta obra se habla, y se habla; se opina sobre lo mal que esta el mundo, y lo injusta que es la vida. Todo desde la réplica más subjetiva. En el texto no se mencionan hechos o sucesos concretos; como si decir “guerra” o “bando nacional” fuese demasiado evidente. Y claro, ya existen muchos dramas sobre la Guerra Civil. No se alude a la realidad, a no ser mediante figuras simbólicas o colores; como por ejemplo el “rojo”, que al desaparecer el marido, se menciona tantas veces como en un disco rayado, por si acaso quedaran dudas. Aunque cargado de poesía, las metáforas que se utilizan en el texto no tienen un verdadero transfondo, más allá de frases hechas y palabras bien sonantes. El drama en sí carece de discurso, ya que la tesis que, en algún caso, podría extraerse de esta historia es que “la vida es injusta y hay gente que es muy, muy mala, y otros, por el contrario, son tan buenos y desgraciados que nos hacen mojar el pañuelo de lágrimas”.

Con todo, cabe destacar el trabajo de dirección de Alejandra Venturini, que utiliza los sencillos elementos escenográficos, compuestos por cinco paneles semitransparentes que son movidos por los propios actores, consiguiendo la creación de sugerentes espacios dramáticos de forma efectiva, así como un buen diseño de luces. También conviene resaltar la labor de Venturini como directora de actores, ya que se intuye un gran esfuerzo y no menos habilidad en disimular las carencias del casting. Aunque posiblemente no sea por decisión de la dramaturga y directora, sino más bien por la escasez de recursos facilitados por parte del centro, el reparto se tambalea por donde se mire. Sobre todo en cuanto los roles femeninos se refiere. Y es que en esta tragedia, lo que más conmueve, es ver que la actriz que interpreta a la hijita de María, sea mayor que su madre, e incluso que su abuela. Es por esto que surge la pregunta: ¿Deberíamos acusar este tipo de carencias? ¿Convencernos a nosotros mismos de que se trata de una decisión de la directora? ¿O es que tal vez tendríamos que esforzarnos más en asumir ciertas convenciones teatrales? En los institutos de secundaria lo hacen a menudo.

A favor de este montaje, decir que pueden presenciarse muchos momentos bellos, insertados delicadamente dentro de un ritmo consecuente con la pena. Yo casi lloro.



MÁXIMO CRECIENTE

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